Un motor viejo
Me gustaría hablar bien. No, en serio, bien de verdad. Ser un comunicador, un buen orador, alguien que realmente tuviese la facultad de emitir mensajes complejos y sin embargo asequibles.
Pero claro, para eso son necesarias varias cosas. La primera, vital, es tener perfectamente claro lo que se quiere decir. Primer fail en mi caso, me temo. Solamente veo con claridad lo que quiero decir cuando se da la circunstancia de que estoy enfadado. Entonces todo va como la seda oye, como un mecanismo bien engrasado. Pero si no, como un motor viejo, que se cala, arranca y se cala. Y va renqueando.
Por ejemplo, ahora mismo me está pasando mientras escribo esta entrada. Lo del motor viejo. Escribo, vuelvo atrás, corrijo, divago... y es porque tampoco sé exactamente a lo que aspiro escribiéndola. ¿Dar algo de vida a un blog que lleva años en muerte cerebral? Pues voy apañado. ¿Tal vez recordar lo que sentía al escribir cuando este espacio me servía para ordenar pensamiento? No, si recordarlo lo recuerdo, pero ni yo soy el mismo, ni este blog tampoco; ni siquiera el ciberespacio es lo mismo. La era de los blogs personales pasó y blablabla. ¿O tal vez hacer una especie de inventario cerebral, algo así como una limpieza de polvo o una batida por casa para desalojar trastos viejos? Si es así voy mal porque no tendría tiempo de escribirlo todo. Me tendría que dedicar solamente a ello y no es plan.
Me estoy leyendo un libro muy interesante. En él hay algunas frases que se están quedando en mi corteza cerebral. Iba a poner una, pero se me ha ido. Hilo perdido. Una alfombra de aquí a Calcuta se podría hacer tejiendo todos esos hilos que voy perdiendo. Es una pena. Recuerdo que era una buena frase... lapidaria, creo. Algo así como "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad", que decía Máximo Décimo Meridio (la razón por la que recuerdo el nombre del personaje protagonista de Gladiator pero soy incapaz de recordar la frase de marras que articulaba esto, al menos un poco, me vuelve loco).
Me he calado otra vez. A ver si consigo ponerme en marcha.
Veamos, el libro se llama La vida secreta de los edificios. Me lo regaló mi padre para mi cumpleaños. En él el autor desgrana la historia de ciertos edificios de una manera muy amena y apasionada. Empieza con El Partenón de Atenas, sigue con San Marcos de Venecia, salta a Santa Sofía de Estambul y de ahí se traslada a la Casa de Loreto. He llegado hasta ese punto. El capítulo del Partenón me impresionó profundamente. En algunos momentos estuve a un tris de soltar una lágrima al pensar en la vida de ese notable edificio, en su historia, en su evolución y en las fuerzas que lo hicieron cambiar a lo largo de los siglos. Y en Palas Athenea, la diosa que lo inspiró, aquella que encarnaba la sabiduría en el panteón griego de la Atenas de Pericles. Sí, el autor arranca fuerte, con un órdago. Me está encantando. El Partenón ha sido templo, iglesia, mezquita, museo, inspiración y símbolo de lo que es y debe ser la arquitectura... es el Leonardo da Vinci de los edificios. Al menos según la teoría. La realidad es esta:
Bueno, lo mejor será dejarlo, que no parece que la frase quiera emerger por ahora. Sigo calado en mitad de la carretera. A ver dónde tengo el teléfono de la grua...
